Viernes santo en colonia = todo cerrado, a excepción del museo, la catedral y el café francés donde desayunamos. Así tal cual. Como fue ritual la Carolita se despertó antes que todos, se alistó y lavó la precaria loza que hay en el depto. Luego la Spatsy se alistó y antes de despertarme me dijo algo, que entre sueño y sueño logré entender parcialmente. Me quedaron distintas partes que por lo demás no eran tan coherentes ni sabias, aunque se puede decir que sus palabras quedaron grabadas en mi cabeza en algún lugar que desconozco, como si hubiesen entrado escondidas por la parte trasera de mi cráneo. Me imagino que así debe sentirse cuando se tiene una aparición divina o una visión solemne. Probablemente la forma más sencilla, pero no muy precisa, para describirlo es como cuando te despiertas de un sueño y tienes pensamientos errantes flotando por ahí. Bueno, sin más rodeos ni más jugo que dar lo que recuerdo de las palabras de la Puchunca son algo así como: «Oye Maldi nosotras vamos a pagar el estacionamiento del auto y volvemos, anda despertándote y después de bañarte chicotea a la Isi también».
Cuando volvieron tomamos un pre-desayuno y salimos a caminar en busca de un café para desayunar de verdad y algún panorama para hacer. Decidimos ir al museo Ludwig para pasar un poco el frío mañanero y despúes almorzar algo sobre la marcha. El museo era muy bueno y tenía una colección de arte muy variada, aunque poco de cada cosa. En comparación con los grandes museos de París este era tiernuchito, pero con un poco de perspectiva se puede decir que era a todo pico. Partimos por una exposición de Freundlich que exhibía varias de sus obras más importantes. Tenía un uso muy lindo del color, aunque el estilo terminaba siendo un poco repetitivo y cansador. De todas maneras la exposición era muy buena y daba mucho contexto histórico y personal sobre las obras. Después estaba la colección permanente que tenía un primer piso con arte abstracto y moderno, luego otro piso con salas temáticas. Ahí había varias obras de Picasso muy bonitas, unas de Matisse que a la Maldiu le encantaron y una exposición de fotos de Carter-Bresson que era muy entretenida. Cada uno fue a su ritmo en el museo, pero nos encontramos a la salida.
De vuelta a las calles de Köln nos comimos una Bradt Wurst cada uno (excepto la Carolita) y caminamos hacia la iglesa de Santa Úrsula, congregación donde estudió la Caro en Santiago. Fue muy emocionante porque estaban haciendo la misa de Viernes Santo y la Doña Carolita se reencontró con todo un mundo en el que se desenvolvió gran parte de su infancia (Catolicismo+ Alemana+Ursulinas). El barrio no era tan guapetón, pero camino de vuelta a la casa pasamos por una plaza entera linda que estaba muy bien aprovechada por niños y familias.
Decidimos tomar el auto y partir a un bosque que estaba a unos kilómetros de la ciudad y para nuestra sorpresa tenía animales! Era un concepto de zoológico muy lógico y sustentable, solamente había animales oriundos de la zona que estaban enrejados en terrenos enormes. Entonces los animales hacían su vida más o menos normal ahí adentro y uno los veía a lo lejos. A demás uno podía comprar comida especial para darles, en unas máquinas dispensadoras. Había jabalíes, ciervos y búfalos. Además estaba rodeado de un bosque precioso y se escuchaban los pajaritos cantar. A pesar que estaba muy nublado y hacía un poco de frío, fue un paseo precioso y memorable. Quizás porque fue bien sorpresivo encontrarse con los animales de sorpresa.
A la vuelta dejamos a la Carolita en el depto y fuimos a dejar el auto. Encontramos una hamburguesería y dado que estaba casi todo cerrado decidimos que era la mejor opción para la cena. Las burguers tenían la mejor pinta del mundo, picoteamos unas papitas fritas que estaban más wenas que el pan con chancho y no nos quedó otra que correr a la casa para las reliquias que habíamos adquirido no se enfriaran. Las comimos con un placer indescriptible, la Caro dijo que eran las mejores que había probado y yo volví a llenar mi alma con un poco de grasa. Después jugamos carioca y nos reímos un buen rato. Hay que remarcar que nos reímos mucho con una broma que surgió que consistía en que cuando la persona antes que tú va a botar su carta, pones la mano para recibirla sin antes haberla visto. Justo cuando estás a punto de tomarla sacas la mano y dices: «UY! de la que me salvé!» y robas la carta que te corresponde. Supuestamente daba buena suerte para que te salga un Joker, pero obviamente terminamos haciéndolo todo el rato y perdió todo el sentido juujujuju.
